Miles de turistas llegaron a la ciudad por carretera, en vehículos particulares. Las vías se convirtieron en arterias que alimentaron el pulso económico de Santa Marta durante estas semanas intensas.
Santa Marta no durmió. O si lo hizo, fue con un ojo abierto y el oído atento al murmullo constante de visitantes que llegaron de todas partes del país y del mundo buscando sol, mar, descanso y experiencia. La ciudad más antigua de Colombia vivió una de las temporadas turísticas más exitosas de los últimos años, una que no solo se mide en cifras —más de 800 mil visitantes— sino en sensaciones: hoteles llenos, restaurantes desbordados, playas colmadas y un ambiente general de orden, seguridad y hospitalidad.
Desde finales de diciembre y durante los primeros días de enero, Santa Marta se convirtió en un imán. Las reservas hoteleras alcanzaron niveles históricos, muchos establecimientos colgaron el cartel de “no hay cupo” y el movimiento económico se sintió en cada rincón: desde los grandes hoteles de El Rodadero y todo el corredior turístico hasta las posadas familiares de Taganga, desde los restaurantes del Centro Histórico hasta los vendedores ambulantes que encontraron en esta temporada una bocanada de alivio.
PLAYAS ATIBORRADAS
El Rodadero volvió a ser postal viva. Desde temprano, familias enteras ocupaban la arena con sombrillas, neveras y risas; turistas nacionales y extranjeros se mezclaban sin prisa, con el mar como telón de fondo. Las lanchas entraban y salían, los operadores turísticos no daban abasto y los prestadores de servicios celebraban una temporada que superó expectativas.
El Parque Tayrona, joya natural del Caribe colombiano, fue otro de los grandes protagonistas. Sus senderos, playas y ecosistemas recibieron miles de visitantes que, con asombro, confirmaron por qué este territorio sigue siendo uno de los destinos más deseados del país. Bahías como Neguanje, Playa Cristal, Chengue y Cabo San Juan vivieron jornadas de alta afluencia, con controles y organización que permitieron un flujo constante y seguro.
Otras playas y bahías de Santa Marta también se llenaron de vida: Bello Horizonte, Playa Blanca, Taganga, Pozos Colorados. La ciudad, entera, parecía estar de vacaciones, pero trabajando al mismo tiempo.
EL AEROPUERTO Y LAS CARRETERAS
El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar fue una muestra clara del éxito de la temporada. Día tras día, las salas de llegada y salida registraron un alto movimiento de pasajeros. Vuelos llenos, equipajes rodando sin descanso y turistas estrenando sonrisa apenas pisaban suelo samario.
Pero no todos llegaron por aire. Miles lo hicieron por carretera, en vehículos particulares, buses intermunicipales y servicios turísticos que ingresaron a la ciudad desde distintos puntos del país. Las vías se convirtieron en arterias que alimentaron el pulso económico de Santa Marta durante estas semanas intensas.
SEGURIDAD PARA LOS TODOS
Uno de los aspectos más valorados de esta temporada fue la seguridad. La presencia permanente de la Policía Metropolitana, los controles en zonas turísticas, playas y corredores viales generaron confianza tanto en visitantes como en residentes. El turista se sintió cuidado, orientado y acompañado.
La articulación entre las autoridades locales, la fuerza pública y los organismos de turismo permitió que la ciudad mostrara una cara ordenada, responsable y preparada para recibir grandes flujos de personas. No fue una tarea improvisada: hubo planeación, coordinación y ejecución.
LA ALCALDÍA Y LAS GERENCIAS TURÍSTICAS
El gobierno distrital, bajo el liderazgo del alcalde Carlos Pinedo Cuello, salió bien librado en esta prueba de fuego. La atención al visitante, la presencia institucional en los puntos clave y el trabajo de las gerencias turísticas de la Alcaldía marcaron diferencia.
Información oportuna, orientación al turista, acompañamiento a los operadores y respuesta ante situaciones puntuales hicieron que la temporada avanzara sin mayores contratiempos. La administración entendió que el turismo no es solo una postal bonita, sino un motor económico que requiere cuidado, estrategia y compromiso.
LOS GREMIOS: BALANCE POSITIVO Y ESPERANZA
Los gremios del sector no dudaron en calificar la temporada como excelente. Desde Cotelco, pasando por Acodrés, hasta la Corporación Centro Histórico, el balance fue unánime: Santa Marta respondió, el destino se fortaleció y el trabajo conjunto dio resultados.
Hoteleros destacaron la alta ocupación, restauranteros celebraron el flujo constante de comensales y los comerciantes del Centro Histórico resaltaron el dinamismo económico que se sintió en calles, plazas y corredores culturales. Para muchos, esta temporada no solo fue buena: fue una señal de que la ciudad va por el camino correcto.
Fue una ciudad que se mostró al país y al mundo.
Santa Marta se exhibió. Mostró su historia, su naturaleza, su gastronomía, su gente. El visitante no solo vino a tomar el sol: vino a caminar el Centro Histórico, a conocer museos, a disfrutar de la vida nocturna, a saborear la cocina local, a escuchar historias de pescadores y guías turísticos.
La ciudad fue anfitriona y anfitriona consciente de su responsabilidad. Porque cada turista que se va satisfecho es un embajador que habla bien del destino, que recomienda, que regresa.
LAS CIFRAS: UNA LECCIÓN PARA EL FUTURO
Más de 800 mil visitantes no son solo un número. Son oportunidades, empleo, ingresos, confianza. Son la confirmación de que, cuando hay planificación, articulación y voluntad política, el turismo puede ser un verdadero motor de desarrollo.
Santa Marta cerró esta temporada con la frente en alto. Quedan retos, claro que sí, pero también queda una certeza: la ciudad está lista para seguir recibiendo al mundo.
Santa Marta no solo recibió turistas: los escuchó, los atendió y, sobre todo, los dejó hablar bien de ella. La temporada alta que atraviesa la ciudad —y que culmina con el puente festivo del 12 de enero— no fue un golpe de suerte ni una coincidencia climática. Fue el resultado de una ciudad que se preparó, de una institucionalidad que entendió el momento y de un sector turístico que respondió con músculo, experiencia y compromiso.
OPINIONES
En el Rodadero, bajo un sol que no da tregua, Marcela González, visitante proveniente de Medellín, resume en pocas palabras lo que muchos repiten:
“Hacía años no venía a Santa Marta. Me encontré una ciudad más organizada, más segura. La policía está en todos lados, pero sin incomodar. Uno se siente tranquilo. Volveríamos sin pensarlo.”
A unos metros, Carlos y Andrea, una pareja de Bogotá que visita por primera vez el Parque Tayrona, coinciden:
“Nos dijeron que viniéramos preparados porque era temporada alta, pero todo ha fluido bien. Hay controles, hay información, no sentimos caos. Eso se valora mucho.”
En el aeropuerto Simón Bolívar, mientras esperan su vuelo de regreso, turistas extranjeros también dan su veredicto. Sophie, una viajera francesa, lo dice con sonrisa amplia:
“Santa Marta tiene naturaleza increíble, pero lo que más me sorprendió fue la atención. Siempre hay alguien orientando, cuidando. Eso no pasa en todos los destinos.”
OCUPACIÒN HOTELERA
La ocupación hotelera fue una de las señales más claras del éxito. En muchos casos, rozó el cien por ciento. Desde grandes cadenas hasta hoteles familiares confirmaron lo mismo: temporada completa.
Juan Carlos Pacheco, administrador de un hotel en Bello Horizonte, lo dice sin rodeos:
“Esta ha sido una de las mejores temporadas que recordamos. No solo por la cantidad de huéspedes, sino por el tipo de turista: familias, extranjeros, gente que consume, que pregunta, que vuelve.”
En el Centro Histórico, los restaurantes y bares vivieron noches largas y mesas llenas. María del Carmen Ríos, propietaria de un restaurante tradicional, lo resume así: “Aquí se trabajó de verdad. Hubo días que no dábamos abasto. Eso significa empleo, ingresos, estabilidad. Cuando el turismo va bien, todo se mueve.”
Los vendedores informales, muchas veces invisibilizados, también sintieron el impacto. Pedro, vendedor ambulante en Playa Blanca, lo dice con franqueza: “Gracias a Dios esta temporada estuvo buena. Hubo control, pero también respeto. Uno pudo trabajar.”
Si hay un consenso entre turistas y comerciantes es este: la seguridad marcó la diferencia. La presencia constante de la Policía Metropolitana, los patrullajes, los puntos de control y el acompañamiento en zonas turísticas generaron confianza.
No se trató solo de uniformes visibles, sino de una estrategia de prevención y orientación. El turista se sintió protegido; el comerciante, respaldado; la ciudad, en orden.
Ese clima no es menor en un país donde la percepción de seguridad define destinos. Santa Marta, esta vez, ganó ese pulso.
La Alcaldía en modo gestión: el turismo como política pública Aquí es donde la lectura política se impone. La temporada no fue espontánea. Hubo gestión, articulación institucional y una narrativa clara: el turismo como eje de desarrollo.
El gobierno del alcalde Carlos Pinedo Cuello entendió que esta temporada era una vitrina. Y actuó en consecuencia. Las gerencias turísticas de la Alcaldía estuvieron en territorio, coordinando, informando, resolviendo.
No se gobernó desde el escritorio. Se gobernó desde la playa, el aeropuerto, el centro histórico, los corredores turísticos. La administración asumió el turismo como una responsabilidad pública, no como un asunto exclusivo del sector privado.
Desde Cotelco se destacó la alta ocupación y la organización; Acodrés resaltó el dinamismo gastronómico; la Corporación Centro Histórico valoró el orden, la seguridad y el flujo constante de visitantes.
Ese respaldo no es menor. En política pública, cuando los gremios validan, algo se está haciendo bien.
Esta temporada deja un mensaje claro: cuando hay planificación, el Estado funciona. Santa Marta mostró que puede recibir masivamente sin colapsar, que puede cuidar al visitante sin descuidar al residente, que puede crecer sin perder el control.
El modelo aplicado —presencia institucional, articulación con gremios, enfoque en seguridad y atención al visitante— sienta un precedente. No es solo una buena temporada: es una hoja de ruta.
EL CIERRE
La temporada culmina con el puente festivo del 12 de enero, que aún mantiene alta la afluencia de visitantes. Santa Marta sigue llena, activa, vibrante. Aunque el ritmo comienza a bajar, el balance ya está hecho: fue una temporada exitosa, sólida y alentadora.
Y mientras el sol cae sobre la bahía y el mar devuelve su reflejo dorado, Santa Marta respira tranquila. Cumplió. Se lució. Y dejó claro que el turismo, bien gestionado, puede ser orgullo, presente y futuro.