En Santa Marta, las trampas humanas que acechan en sus barrios y avenidas pone en peligro la vida de los transeúntes. Y la empresa Essmar es poco lo que hace por reponer las tapas robadas.
Santa Marta no solo lucha contra el calor inclemente, el rebusque diario o el caos vial. También libra una batalla silenciosa, peligrosa y cotidiana contra unas trampas invisibles que se abren bajo los pies y las llantas de quienes transitan sus calles. Son huecos que no nacieron del deterioro natural del asfalto, sino de la mano del hombre. Trampas humanas: registros sin rejillas, alcantarillas sin tapas, bocas de tormenta abiertas como bocas hambrientas, esperando a su próxima víctima.
El problema se siente con más crudeza en el Centro Histórico, en la zona comercial, en avenidas principales y calles secundarias donde el flujo de peatones, motociclistas y vehículos es constante. Allí, donde debería haber orden y seguridad urbana, lo que hay es riesgo permanente. Un descuido, un paso en falso, una llanta mal alineada, y el accidente ocurre.
Es así como en Santa Marta el peligro no siempre viene de frente. A veces está bajo los pies. O escondido en el asfalto. O camuflado en una alcantarilla abierta que espera, paciente, a su próxima víctima. No es una metáfora: es una radiografía urbana de una ciudad donde los huecos sin tapa se multiplican, especialmente en sectores neurálgicos, sin que nadie asuma responsabilidades claras.
En calles emblemáticas como la Carrera Quinta, la Calle 14, la Calle 15, la Calle 16, la Plaza de Bolívar, los alrededores del Parque de los Novios y el Camellón de la Bahía, los registros abiertos se han vuelto parte del paisaje.
“Ese hueco está ahí desde hace días”, dice Rosa, comerciante de la Calle 14. “Uno ve pasar turistas, niños, ancianos, y nadie hace nada. Esperan es que alguien se mate”.
El Centro Histórico, que debería ser ejemplo de orden urbano, se ha convertido en una zona de alto riesgo peatonal, donde caminar distraído es casi un acto temerario.
Mercado Público y zona comercial: el caos elevado al máximo. La situación es aún más grave en el sector del Mercado Público, la Avenida del Ferrocarril, la Carrera Cuarta, la Calle 11, la Calle 12 y sus alrededores. Allí confluyen vendedores, compradores, motociclistas, carretas y vehículos pesados.
“Yo caí aquí mismo, frente a la Ferrocarril”, cuenta Jairo, mototaxista. “La llanta se fue completa en el hueco. Eso no fue accidente, eso fue abandono”.
En esta zona, varias alcantarillas permanecen sin tapa, sin señalización y sin control, a pesar del alto flujo diario. Cada día que pasa sin intervención es una invitación abierta al accidente.
Avenidas principales: trampas a alta velocidad
El problema no se limita al centro. Se extiende por arterias claves como: Avenida Libertador, Avenida del Río, Avenida Santa Rita, Avenida Bastidas
En estas vías, donde los vehículos circulan a mayor velocidad, una alcantarilla sin tapa no solo causa daños materiales: puede costar una vida.
“De noche eso es mortal”, relata Carlos, conductor particular. “Uno no ve el hueco, y cuando cae, ya es tarde”.
BARRIOS POPULARES:
En barrios como Pescaíto, Gaira, El Pando, San Martín, Ciudadela 29 de Julio, Bastidas, La Paz, Mamatoco y sectores de El Rodadero Sur, los vecinos denuncian que los huecos duran semanas e incluso meses sin ser atendidos.
“Allá nadie viene”, asegura una habitante de Pescaíto. “Aquí el hueco se vuelve parte del barrio”.
La desigualdad urbana también se mide en tapas de alcantarilla: donde menos hay, menos atención reciben.
ROBO DESCARADO Y CHIVERAS SEÑALADAS
Las tapas no desaparecen solas. Son robadas y vendidas. Y los ciudadanos lo saben.
En sectores cercanos al Mercado, Gaira y zonas industriales informales, operan chiveras y centros de acopio donde el material robado encuentra comprador.
“Eso no es ningún secreto”, afirma un residente de la zona comercial. “Aquí todo el mundo sabe quién compra hierro”.
El llamado es directo a la Policía Metropolitana de Santa Marta: visitar estos establecimientos, verificar procedencia del material, capturar a los reducidores, no solo al ladrón ocasional
Sin compradores, no hay robo. Sin control, el delito continúa.
ESSMAR: LA DEUDA PENDIENTE
La Empresa de Servicios Públicos de Santa Marta (Essmar) tiene una responsabilidad ineludible.
Los ciudadanos reclaman:
Reposición inmediata de tapas faltantes
Materiales antirrobo
Atención prioritaria en sectores críticos
Respuesta efectiva a denuncias comunitarias
Cada tapa que falta en la Carrera Quinta, en la Avenida del Ferrocarril o en un barrio popular es una falla del sistema.
UNA CIUDAD ADVERTIDA
Santa Marta no puede alegar desconocimiento.
Los huecos están identificados. Los sectores están claros. Las denuncias existen. Lo que falta es decisión, control y voluntad política. No más trampas humanas. No más accidentes anunciados.
No más silencio institucional. Porque una ciudad que cuida sus calles cuida su gente. Y Santa Marta ya no aguanta más huecos… ni más excusas, es el clamor ciudadano.
HUECOS QUE NO AVISAN
No hay señalización. No hay cintas de peligro. No hay advertencias visibles. Solo el vacío.
El peatón cae. El motociclista se estrella. El carro revienta el eje o queda atrapado. Y después del golpe viene la rabia, el susto, la impotencia. Muchos accidentes no se denuncian; otros se vuelven virales en redes sociales; algunos terminan en lesiones graves, fracturas, daños materiales costosos o, en el peor de los casos, en tragedias humanas.
Estos huecos no son producto del abandono accidental. Son consecuencia directa del robo sistemático de tapas de alcantarillas y rejillas metálicas, una práctica ilegal que se ha normalizado en la ciudad y que pone en jaque la seguridad vial y peatonal.
EL NEGOCIO OSCURO DEL HIERRO ROBADO
Las tapas de los manholes, las rejillas del sistema de drenaje y las cubiertas del alcantarillado no desaparecen solas. Alguien las levanta. Alguien las carga. Alguien las compra. Alguien las funde.
Detrás de cada hueco abierto hay una cadena de ilegalidad que comienza con el robo y termina en las llamadas chiveras o centros de acopio de chatarra, donde estos materiales son vendidos como si no tuvieran dueño ni origen.
Es un secreto a voces en Santa Marta: muchas tapas terminan convertidas en dinero rápido. Un negocio pequeño para el ladrón, pero un daño enorme para la ciudad. Cada tapa robada es una trampa más en la vía pública, un riesgo latente que puede costar vidas.
MOTOCICLISTAS: LAS PRINCIPALES VÍCTIMAS
En una ciudad donde la motocicleta es el principal medio de transporte para miles de ciudadanos, los huecos abiertos se convierten en una amenaza mortal. Basta con que la llanta delantera caiga en una alcantarilla sin tapa para perder el control.
Los testimonios sobran: jóvenes lesionados, trabajadores incapacitados, repartidores golpeados, familias afectadas. Y casi siempre el mismo reclamo: “Ese hueco llevaba días así”.
Los conductores de vehículos tampoco se salvan. Daños en suspensión, ejes rotos, pérdidas económicas que nadie responde. El hueco queda, el afectado se va, y la ciudad sigue acumulando accidentes.
RESPONSABILIDAD ES COMPARTIDA
Aquí nadie puede lavarse las manos. La problemática tiene múltiples responsables y, por lo tanto, múltiples soluciones.
Primero, el llamado directo a la Empresa de Servicios Públicos de Santa Marta – Essmar. La reposición de las tapas del alcantarillado no puede seguir siendo lenta ni reactiva. Se necesita un plan urgente y permanente de reposición, con materiales resistentes, sistemas antirrobo y una respuesta inmediata ante reportes ciudadanos. Cada día que pasa sin tapa es un día de riesgo.
Segundo, la Policía Metropolitana. No basta con reaccionar cuando ocurre el accidente. Es necesario un control efectivo contra el robo de estas estructuras, patrullajes focalizados y, sobre todo, visitas constantes a las chiveras y sitios donde se comercializa chatarra. Allí está una parte clave del problema: los reducidores, quienes compran materiales robados y alimentan este negocio ilegal.
Capturar al ladrón sin atacar al comprador es como cerrar el grifo sin cortar el suministro. La ley debe caer sobre toda la cadena.
CIUDADANÍA INDIFERENTE
También hay un llamado fuerte a la ciudadanía samaria. No se puede seguir caminando al lado del hueco como si no fuera problema de nadie. Denunciar, alertar, reportar es parte del deber cívico.
Pero más allá de eso, es urgente mejorar el comportamiento colectivo: no comprar objetos robados, no justificar el delito, no normalizar lo ilegal.
Una ciudad no se construye solo con obras; se construye con valores. Y mientras exista quien compre una tapa robada, habrá alguien dispuesto a robarla.
UNA VITRINA TURÍSTICA CON HERIDAS ABIERTAS
Resulta especialmente grave que esta situación se viva en el Centro Histórico, la carta de presentación de Santa Marta ante el país y el mundo. Turistas esquivando huecos, guías improvisando rutas, visitantes sorprendidos por una ciudad bella en apariencia, pero descuidada en lo esencial.
Santa Marta, próxima a conmemorar hitos históricos, no puede darse el lujo de ser recordada como una ciudad llena de trampas en sus calles. El turismo no solo se afecta por la inseguridad, sino también por el desorden urbano y la falta de mantenimiento básico.
Cada alcantarilla sin tapa es un accidente anunciado. Cada rejilla robada es una omisión peligrosa. Cada día sin solución es una falla institucional y social.
Esta crónica no busca señalar por señalar. Busca despertar conciencia, mover voluntades y exigir acciones concretas. Porque las calles no deben ser campos minados, ni las avenidas una prueba de supervivencia.
Un llamado final por Santa Marta
A Essmar, para que actúe con prontitud, planificación y compromiso. A la Policía, para que ataque de raíz el negocio ilegal del hierro robado.
A las autoridades distritales, para que prioricen la seguridad urbana. Y a los samarios, para que cuidemos lo que es de todos.
Santa Marta merece calles seguras, dignas y humanas. Merece que el progreso no se quede en discursos, sino que se sienta bajo los pies, sin miedo a caer en el próximo hueco.
Porque una ciudad que se cuida a sí misma es una ciudad que avanza. Y Santa Marta ya no puede seguir cayendo en sus propias trampas.