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Por: Capitán de Fragata JULIO MONROY, Capitán de Puerto de Santa Marta

Opinión | Hace pocos días en Cartagena se inauguraron los primeros dos kilómetros de su Gran Malecón del Mar, y lo más exigente de la obra apenas comienza. El tramo une Playa Azul con el Parque Lineal de Crespo y demandó una inversión de ciento cuarenta mil millones de pesos. El Gobierno nacional anunció además recursos para los tramos que vienen. Construir un malecón toma meses y cuidarlo toma décadas. Quizá este estreno nos invite a mirar con atención lo que ocurre después de las cintas y los discursos.

Los malecones se han convertido en el punto neurálgico de las ciudades de costa y de río en el mundo. Tuve la oportunidad de recorrer El Bund de Shanghái este año y entendí por qué. Allí se invirtieron treinta y tres meses de obras para reducir de once a cuatro los carriles frente al río y ampliar el paseo hasta dos kilómetros y medio. La ciudad decidió ceder espacio a las personas, y es probable que de esa decisión dependa buena parte de lo que hoy se vive en sus orillas. Un borde de agua bien cuidado funciona como la “sala de estar” de una ciudad.

Santa Marta también conoce esa ilusión. El camellón Rodrigo de Bastidas fue entregado como obra de recuperación a comienzos de 2022, con una inversión de catorce mil doscientos millones de pesos. Es una carta de presentación del centro histórico de Santa Marta, que genera un punto de encuentro entre al mar y la belleza tradicional de la ciudad. Algo que no existe en otra ciudad. Sin embargo, hoy concentra quejas de sus usuarios, y es probable que muchas tengan fundamento. La propia Alcaldía ha reconocido el deterioro que produce el mal uso del mobiliario y el mismo paso del tiempo. Los espacios muy concurridos suelen desgastarse más rápido de lo que la atención de una ciudad puede responder.

Barranquilla muestra otro rumbo. Su Gran Malecón del Río se extiende por cinco kilómetros y medio y recibió 111.300 visitas solo el 24 y el 25 de diciembre de 2025. Es una ciudad que se mide a sí misma. Una encuesta de su Gerencia de Ciudad indica que el 38,2% de los visitantes va a esparcirse y el 38,1% a hacer deporte. Detrás de esa vitalidad se encuentra, además, una entidad encargada de administrar el malecón.

El camellón es de todos. Quizá la mejor manera de empezar sea pequeña. Un diagnóstico que se haga de forma conjunta; un responsable del mantenimiento que sea visible; una agenda de actividades que invite a volver y cifras de uso que se publiquen con regularidad pueden ser un primer rumbo. Ninguna de estas ideas exige grandes presupuestos, y todas pueden ensayarse con lo que ya existe. Es posible que al camellón le baste una rutina de cuidado, sostenida con paciencia, como la que mantiene a flote un buque que no quiere detenerse.

El área del camellón fue entregada en concesión por la Dirección General Marítima en 2020 a la Alcaldía de Santa Marta por un periodo de 20 años. Esto hace que la DIMAR, a través de la Capitanía de Puerto de Santa Marta forme parte de esta conversación. Se hace necesario tener una mesa participativa entre el Distrito, los operadores, los grupos de interés privado (como la Corporación Centro Histórico), la comunidad en general y los usuarios que caminan por él. El camellón Rodrigo de Bastidas debe continuar su rumbo como un sitio de sano esparcimiento y contemplación para que estemos a la par de las mejores ciudades costeras y ribereñas del mundo, que han encontrado en estos espacios un núcleo de desarrollo alrededor del turismo, la cultura, el deporte y el esparcimiento. Un malecón se inaugura en un día y se gana, o se pierde, en los años que vienen después.